Javier Barnes: “Somos la sociedad del riesgo, en la que todos nos necesitamos” Catedrático de Derecho Administrativo, con largos periodos como investigador en el extranjero, y ex abogado del Tribunal Constitucional, acaba de recibir el Premio Humboldt por su trayectoria
Rumbo Global
MARTA CABALLERO | FOTOGRAFÍA Y VÍDEO: ANDREA BENÍTEZ

Cuando era muy niño, Javier Barnes (Úbeda, 1959) recaló en Sevilla con su familia. Estudiante aplicado en el Colegio de los Padres Blancos y en el Instituto Fernando de Herrera, el Derecho no se le había planteado como la primera opción universitaria hasta poco antes de que llegara el momento de entrar en la carrera. Antes le habían apasionado la Historia y la Filosofía, pero más tarde entendió que, como en aquellas, en el Derecho también podría satisfacer su anhelo de conocer a fondo otras culturas.

Ese ha sido el leitmotiv de su eminente trayectoria, que acaba de ser coronada con el Premio Internacional de la Fundación Humboldt, el más importante galardón académico en el mundo germánico. Catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Huelva, lo ha merecido por su reconocido prestigio internacional, así como por sus descubrimientos, teorías y aportaciones de gran relevancia en su disciplina. Ha estado vinculado a instituciones como la Universidad de Nueva York, el Instituto Universitario Europeo de Florencia y la Universidad de Heidelberg.

Conoce bien los entresijos del Derecho en Alemania. La primera vez que pasó una estancia en el país, tenía 21 años. Desde entonces, su trabajo ha estado marcado por viajes y periodos de investigación en el extranjero, siempre motivado por conocer qué pueden aprender unas sociedades de otras. Inició su carera docente en la Universidad de Sevilla y ha sido letrado del Tribunal Constitucional, consejero del Consejo Consultivo de Andalucía e investigador y profesor visitante en instituciones de otros países como Estados Unidos e Italia.

“¿Qué me queda por hacer? Pues todo”, sonríe al final del encuentro con Sevilla World, en el Despacho Cuatrecasas, con el que colabora, pues nunca quiso perder el contacto directo con el ejercicio de la abogacía. Para su fortuna, el Derecho Comparado que le abrió la mente y le impulsó a investigar desde muy joven sigue siendo su pasión. “Me he visto gustosamente obligado a conocer otras culturas y a descubrir cómo el Derecho las ha ayudado a resolver crisis y dificultades”.

P.- ¿Cómo un enamorado de la Historia acaba decantándose por el Derecho?
R.- No es que no me atrajese esta opción, pero el Derecho tenía fama de carrera memorística, y a mí lo que me gustaba era la Historia Contemporánea. Sin embargo, la realidad se inclinó hacia el ejercicio del Derecho, supongo que en parte por las opciones profesionales. Enseguida me sorprendió la carrera, vi que era compatible con mis gustos en cuanto a que el Derecho es también un producto de la cultura, está enraizado en ella.

P.- Igualmente, me imagino que una formación honda en Humanidades enriquece el perfil de un profesional o de un estudioso en su campo.
R.- Sí, y además soy consciente de que si no está hecho por gente con una formación más amplia, el Derecho corre el riesgo de no ver que su cometido son seres humanos dotados de dignidad que requieren una respuesta adecuada. Si esto no sucede, es susceptible de acabar siendo una ingeniería social. Muchos de mis compañeros eran también historiadores, filólogos… es una ventaja. No podemos caer en la tentación de ver únicamente los problemas y no a las personas. Las Humanidades nos ayudan a ver a las personas como el centro de nuestros conocimientos y no como algo mecánico, seriado…

P.- El mundo actual tiende cada vez más a la especialización formativa. ¿Cómo casa con esta idea que acaba de lanzar?
R.- Es cierto que se ha producido un crecimiento exponencial del conocimiento especializado. Sin embargo, también existe un efecto de llamada respecto a aquellas personas que tienen un conocimiento amplio, los que demuestran una capacidad de entender el mapa completo. Esa habilidad les convierte en profesionales más adaptaticios que el que sabe casi todo de casi nada. Al mismo tiempo, vivimos en una sociedad en la que predomina el titular sin argumentos. Siguen faltando claves. Las enseñanzas universitarias están muy enfocadas a una profesión muy definida a priori pero luego la vida es más rica, exige cambios, adaptarse a nuevas situaciones.

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P.- Respecto al Derecho, usted, que lo ha conocido a fondo en diversos territorios, ¿de qué sociedades podemos aprender?
R.- En muchos lugares, el Derecho ha caído en esta idea de la ingeniería social, se ha convertido en un saber técnico en el que también reina la especialización. Sin embargo, hay países que le otorgan una importancia igual o superior que la que aquí damos a la Medicina, exigiendo a los profesionales una formación rigurosa, un examen para ejercer… En el ámbito norteamericano y en el germánico, el Estado interviene para garantizar el perfil óptimo de sus profesionales. Son conscientes de que si un abogado no trabaja bien, puede hacer un daño enorme a una persona. En ambos países es una de las profesiones más eminentes. Los abogados son profesionales muy bien seleccionados, pues en sus manos está, como se decía en la Edad Media, la honra de las personas. En otras naciones, por ejemplo en Italia, se exige una veteranía para ejercer en el Supremo. En España no nos hemos caracterizado por poner en un lugar destacado el ejercicio del Derecho.

P.- ¿Notó estas diferencias cuando viajó por primera vez a al extranjero como estudioso? R.- La primera impresión cuando llegué a Alemania cumplió con lo que había imaginado. Me encontré con una sociedad abierta, trabajadora, que funcionaba y en la que el Derecho ocupaba un lugar destacado. En este país, lo que hacen, lo hacen a fondo. Como diría Machado, lo importante no es hacer mucho sino hacer las cosas bien. Por ejemplo, allí no se compran una casa hasta que no la pueden pagar, y a lo mejor eso les sucede cuando tienen 50 años. Me interesó mucho conocer estas cuestiones.

P.- ¿Fue allí donde empezaron a fijarse los temas que marcarían su carrera?
R.- Como mi vocación es académica, el objetivo tras terminar la carrera fue seguir aprendiendo, entonces ya sabía lo que no sabía y quise abrirme como un abanico para conocer diversos sistemas. No obstante, siempre he tenido contacto con la práctica, he estado en el Tribunal Constitucional, la mejor facultad de Derecho, y siempre he tenido llamadas para ayudar a resolver un problema. Con todo, mi objetivo era el estudio y la investigación. En Derecho, cuando muchos tienen el mismo problema sin quedar satisfecho, el investigador debe buscar soluciones, proponer que las leyes cambien, asesorar a las administraciones. Mis objetivos fueron básicamente formarme a fondo porque enseguida vi que se daban problemas muy similares en distintas sociedades desarrolladas. Se puede aprender mucho de cómo lo hacen los vecinos.

P.- ¿Podría enumerar en hitos ese compromiso con la propia formación?
R.- Mis pasos han estado marcados por la primera etapa de doctorado en la Universidad de Sevilla, donde obtuve mi primera plaza de profesor titular. Fue una época de contacto con compañeros muy valiosos, profesores y profesionales en los que mirarme y a los que intentar emular. La segunda fue una estancia más larga en Alemania, invitado por la Fundación Humboldt, con una beca. Allí inicié mis estudios de Derecho Europeo. A la vuelta a España, pasé cuatro años en el Constitucional y, después de aquello, regresé a la Universidad, con periodos intermitentes en el extranjero, dos cursos completos en Estados Unidos y uno en Italia. En cualquier caso, los hitos no los marcan los espacios sino los avances, que se han producido muchas veces de forma descontextualizada. En vez de etapas, son temas.

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“Hace 20 años nadie hablaba de globalización”

P.- En ese caso, ¿cuál diría que es el gran tema de su estudio?
R.- Es una pregunta difícil. Diré que hay hilos conductores. Por mi especialidad, me he venido preocupando de la defensa del ciudadano frente al poder. Y, al mismo tiempo, de que esas administraciones funcionen con eficacia. Lo que ha ido cambiando es el decorado: hace 20 años nadie había oído hablar de globalización. El escenario ha cambiado más en estas dos décadas que en los últimos 200 años. El ciudadano que demanda servicios y prestaciones se encuentra con que ya no es solamente la Administración de su país la que tiene las claves sino también Europa. Desde el uso del teléfono, la alimentación… todo lo que hayamos hecho desde que nos hemos levantado esta mañana está condicionado por el exterior. En el pan que has desayunado intervienen agencias nacionales, internacionales…

Mi principal procupación siempre ha estado en el que yo considero el mejor invento del siglo XX, que es la creación de la clase media, que permitió que gran parte de la población pudiera acceder a los derechos sociales: sanidad, vivienda, educación… Y a ese invento ha contribuido mucho el Derecho y especialmente al que me dedico, el Público y en especial el Administrativo. El siglo XX, que fue horrible por otra parte, dejó estas otras grandezas. Es lo que más me ha preocupado, un tema que requiere atención y en el que hay mucho trabajo por hacer. Lograr que una Administración funcione requiere muchas cosas: capacidad de servicio, interés… y es fundamental porque un Estado es su Administración, se exige que funcione correctamente.

P.- Cuando habla de su trabajo, habla de unos valores. ¿La redacción y la aplicación del Derecho tienen una ideología?
R.- Buscando una posición intermedia diré que sí y no. En cierto modo la tiene en cuanto a que al Derecho siempre se preocupa por cambiar. La Biología, por ejemplo, describe cómo son las cosas, pero el Derecho, como la Economía, es un conocimiento práctico, tiene que describir cómo deben de ser las cosas. La política se sirve de él como vehículo para expresar sus opciones. Por ejemplo, un Gobierno decide apostar más por el medio ambiente que por la protección del patrimonio histórico. En ese priorizar de la gestión entra el Derecho, y ahí sí está teñido de una posición ideológica. Pero en sí ha de responder a las exigencias de la Justicia.

Lo que sucede es que el ser humano no es un robot y el que aplica la ley siempre tiene un margen de posicionamiento. Lo tienen el juez, la Administración… En el Parlamento podemos decir cuáles son las reglas del juego y establecer unas líneas de actuación, pero estas requieren una adaptación a la realidad. En ese contexto, hay margen para la apreciación y pueden entrar las opciones personales. No obstante, a diferencia de lo que se decía hace siglos, el juez no es la boca de la ley, esta es una metáfora obsoleta. Tiene que crear pero ha de limitar la discreción personal.

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Organizar la complejidad del mundo contemporáneo

P.- Pero es obvio que sus propuestas están empapadas de ese compromiso hacia la clase media que nombra. El suyo es un campo muy social.
R.- Sí, he cultivado esa preocupación, me he ocupado del Derecho Público, que tiene un punto de mira amplio y que atiende a la sociedad en su conjunto y a cómo esta se organiza. Como dices, es un Derecho muy social, trata de organizar a la sociedad contemporánea, que muy compleja .

P.- En esta complejidad, ¿cuáles son los grandes desafíos del jurista?
R.- Fundamentalmente, tres. Uno, y utilizando la expresión de un célebre sociólogo alemán, es la sociedad del riesgo. Esto implica hablar de un mundo que, a pesar de su caudal de conocimiento, está dominado por la incertidumbre. Por ejemplo: ¿Cómo acabar con una epidemia? ¿Cómo frenar el cambio climático? ¿Cómo controlar internet para que no abuse de nuestra privacidad? La ciencia pone cierto consenso sobre la incertidumbre, pero no todo. La sociedad del riesgo implica que todos nos necesitamos si queremos hacer frente a todos estos males. La vieja lógica, un tanto bélica, de nosotros frente a ellos, los de arriba contra los de abajo, no va con los tiempos. La lógica hoy no apunta al enemigo sino al colectivo. Ni siquiera el país más poderoso puede hacer frente en solitario a los retos que se nos presentan.

El segundo es la globalización, que en realidad ha existido siempre. Lo que ha cambiado es la escala. No se trata de globalización sí o no. Esta cuestión o era inevitable o la hemos buscado. Igual que en el comercio hemos tratado durante años de eliminar aranceles y a la vez proteger a la producción local, de lo que se trata ahora es de hallar técnicas para domesticar la globalización, como hicimos el Estado, que era un tirano hasta hace ocho generaciones. Que un poder se siente en el banquillo ante los tribunales es una conquista, y lenta, que fue llegando poco a poco a muchos países y que siempre es mejorable. Y, cuando todavía no hemos asimilado esta lección, hay que hacer lo mismo con la globalización, porque en ella aparecen decenas de organizaciones que pululan alrededor del Estado, que tienen poder y que han de ser domesticadas. Hablo de un mercado dominado por instituciones públicas, privadas o mixtas.

El tercero es que hoy, a diferencia de esos dos últimos siglos en los que Estado y sociedad estaban separados, que no se cruzaban, como el que tira piedras al otro lado de la orilla, la sociedad tiene un papel mucho más protagonista, tiene en sus manos funciones que antes desempeñaba el Estado. ¿Cómo se domina internet? ¿Cómo se practica la contabilidad en los bancos? ¿Quién certifica si una empresa privada cumple las normas ambientales? El gran reto es que el sector privado incorpore también los principios y valores propios que se han establecido en los últimos dos siglos. Las empresas que certifican si trabajamos bien en la universidad, o si este despacho cumple las normas, deben funcionar como administraciones, sin conflicto de intereses.

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P.- Deme un ejemplo donde sea necesario poner atención a la domesticación del sector privado.
R.- Las agencias que establecen la deuda pública, lo que debe un país cuando pide más funcionarios, pagar su sanidad… En esos casos, llega una agencia privada a dictar esa capacidad. Si no se hace bien, el mercado va a huir y nadie va a querer a ayudar a ese país, que entrará en quiebra. Se ha demostrado que estas agencias han fallado muchas veces o no han sido transparentes, de manera que no se las ha podido podido rebatir… es un ejemplo simple de los problemas que plantea un sector privado.

P.- ¿Es pesimista respecto a estas cuestiones?
R.- No, al contrario, procuro estar en el optimismo.

P.- ¿Qué le preocupa más como jurista?
R.- Dos temas que están en el fondo del descontento social: que los mercados financieros están asalvajados. Si hace un siglo el tema más importante era la reforma agraria, hoy el gran reto es el mercado financiero, que incluye la banca, la bolsa, los seguros… la pobreza sobrevenida con la crisis en buena medida responde a una mala regulación de estos mercados. El ciudadano no entiende que un banco que ha hecho mal sus deberes sea ayudado por el Gobierno que luego no socorre a la sociedad que padece esas consecuencias. El otro asunto es el de la superficialidad que comentaba antes. Hoy todo el mundo sabe casi nada de casi todo, opinamos sobre cualquier cosa. El descontento, sumado al déficit de capacidad de raciocinio, nos hace inermes. Y, además, el descontento llama al populismo y a la palabra de moda, la posverdad, donde lo irracional pesa más que lo racional. El reino del populismo me preocupa. Y tenemos ejemplos recientes como el Brexit.

Brexit, populismo, orgullo y miedo

P.- Precisamente quería preguntarle por el Brexit y por la grieta que puede suponer en Europa.
R.- Gran Bretaña ya se ha arrepentido. Al margen de que haya ganado por un 32 por ciento de la población. Es decir, ¿cómo una minoría puede tomar una decisión tan importante? ¿Cómo no existe un umbral? La gente joven quiere estar en la UE y son los mayores asustados quienes votan salir, ¿cómo es posible? Mire, en el siglo XIX tiramos las murallas de las ciudades. No eran sólo para defenderse sino porque la economía era local. El tomate de Carmona no entraba en Sevilla aunque fuera mejor que el local porque le ponían aranceles. Siempre hay tiempo para volver a la Edad Media, pero qué necesidad hay. El sistema ha movilizado el miedo, el orgullo nacional. Creo que Gran Bretaña volverá, aunque ya ha hecho un gran daño que aún no se ha formalizado.

P.- Se habla no sólo de Gran Bretaña, sino de otros países que pueden causar baja o reducir sus compromisos.
R.- Sí, puede ocurrir, en mi opinión depende en buena medida de Alemania como motor económico y político. Al margen de que fuera un grave error, si tiras algo por la puerta, entrará por la ventana. No creo que la UE sea algo de lo que se pueda prescindir. Hablamos de arrumbar a un organismo que recibió el Nobel de la Paz y que ha sido el mejor disolvente para que no haya conflictos en el continente. La generación de personas desde 60 años a recién nacidos es la primera que no han conocido una guerra en Europa. Pero no sólo este asunto, es que además no podemos frente a potencias económicas como Estados Unidos y Japón, que ahora se están asociando. El Pacífico unido se va a convertir en la primera economía del mundo y sólo podemos hacerle frente en grupo.

P.- ¿En qué aspectos relacionados con el Derecho nos ha hecho vivir mejor nuestra pertenencia a la Unión Europea?
R.- Está demostrado que vivimos mejor en competencias, servicios, ventajas sociales… por una razón: Europa, con 27 o 28 países de momento, a la hora de encontrar soluciones ha cogido lo mejor de cada casa. ¿Quién ha protegido mejor el medio ambiente? Los escandinavos. ¿Quién ha trabajado mejor como abogado con un cliente? Gran Bretaña. Y así sucesivamente. De España también tomaron muchas cosas, en materias como los seguros, por ejemplo.

P.- Hábleme de los beneficios de España.
R.- Hay un libro escrito por economistas catalanes hace unos años, se titula El mayor acto de solidaridad de la historia, que habla del dinero que ha recibido España y que supera con creces al que entregó en su día el Plan Marshall. Hablamos de miles de millones de euros. Europa ha funcionado como un organismo social que da a quien más lo necesita. Con la suerte que a nosotros nos tocó todo porque entonces éramos sólo 16. Hablo con la pasión del que tiene una fe europeísta total.

“La Comisión Europea tiene menos burocracia que los países”

P.- En cambio, empieza a percibirse cierto pesimismo entre la gente de su generación, aquellos que en su día fueron convencidos de la idea de Europa.
R.- Sí, se percibe. Pero me llama la atención, hablando con colegas, de que han calado ideas falsas, como la de que Europa tiene demasiada burocracia o un déficit democrático. Esa idea ha calado en Twitter y la interiorizan incluso personas con cultura. Y es algo que incuba pesimismo, claro. Porque, a mi juicio, el criticado déficit democrático de la Unión Europea no es mayor que el que pueda tener cualquier Administración nacional. La frase: “Bruselas está llena de burócratas” es un slogan lanzado en los años ochenta desde Alemania, porque entonces ven que en el crecimiento de Europa ellos están teniendo menos poder como unidad regional. Pero parece que la hayamos extrapolado hasta hoy. La denostada “burocratización de Bruselas”, que tanto ha calado, carece de base real. Vamos a ver: La Comisión Europea tiene 25.000 funcionarios para 500 millones de habitantes. ¿Es eso mucho? Por ejemplo, la Administración federal alemana tiene 90.000 funcionarios para todo el territorio nacional. Países como España también están sobredimensionados. Por ejemplo, en la Comunidad Autónoma de Andalucia hay más de 200.000.

En fin, cómo podemos decir que Bruselas, que tiene que gestionar unas políticas públicas de sanidad, de medio ambiente, educativas… es el símbolo de una Unión burócrata. Por otra parte, Europa decide de forma colegiada, entre todos los países, y cuando no les gusta la decisión colectiva, cada Gobierno miente a sus ciudadanos. “Europa nos ha dicho que tenemos que recortar”, les cuentan. Un momento, ¿y usted qué votó ayer? Europa no es una estrella que esté ahí a lo lejos. Muchos han lavado sus platos sucios con Europa.

P.- Si cayera, ¿cuánto perderíamos?
R.- La Unión Europea nos ha permitido crecer. La misma unidad que tiene el agua o el clima, la tienen el mercado o el comercio. De una caída, los que más perderían son los países que más lo necesitan. Cuando se hablaba de que Europa requería una moneda única, se puso un ejemplo para que el ciudadano lo entendiera: se explicaba entonces que cuando el Banco Central Alemán decidía subir o bajar el precio del dinero, el resto de países tenían soberanía para hacer lo mismo al minuto o minuto y medio. ¿Qué ha pasado ahora? Que el danés, el holandés, el español, el griego… también se sientan con el alemán y deciden de tú a tú. Si se produce una caída de la UE o una erosión del organismo, quienes más perderán serán los países pequeños.

P.- ¿Seguirá trabajando en su defensa?
R.- Sí, en todos estos temas. No descarto volver a pasar estancias en el extranjero para investigación. De momento, lo haré con el Premio Humboldt, que te obliga a investigar durante un tiempo en Alemania, algo que no estaba en mis primeros planes pero que acometeré con entusiasmo.