Josué Brachi, la grandeza humana de un haltera Con 22 años hizo historia en España al ser Subcampeón Absoluto de Europa. Así se despidió de sus primeros Juegos Olímpicos: "Una batalla perdida es la sabiduría de la próxima victoria"

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Marta Caballero

Afable, divertido, honesto y quizás uno de los deportistas más elocuentes con los que un periodista se puede cruzar. Así es Josué Brachi, un haltera sevillano de 1,57 y 56 kilos que hizo historia al proclamarse en abril de 2016 Subcampeón de Europa en la Categoría de hasta 56 kilos. Sumó un Total Olímpico de 264 kilos, ya que su mejor movimiento en Arrancada fue 121 Kg. y su mejor movimiento de Dos Tiempos, de 143 kilos.

Esta segunda posición la logró empatando con el primer clasificado, el italiano Mirco Scarantino (120 y 144), pero éste pesaba 190 gramos menos que el español. Sin embargo, Brachi logró nuevos Récords Nacionales en las tres modalidades (Arrancada, Dos Tiempos y Total Olímpico). En arrancada se subió a lo más alto del podio tras el oro conseguido en el Europeo de 2015, pero superando su mejor marca hasta llegar a los 121 kilos. lo que supuso un nuevo Récord de España.

Ha vivido en Río de Janeiro su primera participación en Juegos Olímpicos. No logró clasificarse para la final de su modalidad. Y su reacción, tras realizar tres nulos en arrancada y quedar eliminado, refleja su personalidad. «Ya terminé mi competición. Tres nulos en arrancada. Estaba bien, pero el deporte es así. Ahora a seguir luchando», escribió minutos después a través de su cuenta de Twitter. Y sentenció en el siguiente tuit: «Una batalla perdida es la sabiduría de la próxima victoria».

Antes de saborear el podio de los demás campeonatos de su categoría y mucho antes de saberse un fiera de este deporte que le apasiona, Brachi (Sevilla, 1992) no daba con una disciplina que le cuadrase. Lo había intentado con el fútbol (“no valía ni para calentar el banquillo”), con la natación, con la bicicleta, el kárate (“tuvieron que desapuntarme porque todo lo que aprendía lo practicaba con mi hermana mayor”)…

Pasó su infancia con su madre, entre Sevilla Este y Torreblanca, donde le cuidaba su abuela si su madre trabajaba. Se recuerda como un niño travieso y muy nervioso, “Bicho” le apodaban en casa. Estudió primero en el Colegio Príncipe de Asturias y, más adelante, en Sexto de Primaria y tras el fallecimiento de su madre, se cambió al de la Doctrina Cristiana, junto al estadio del Betis, donde estudiaban sus primas y su hermana. Era un chaval algo grueso y su padre estaba empeñado en que practicara deporte. Él había hecho halterofilia de joven y deseaba que el crío siguiera sus pasos, pero Josué se negaba. “Pensaba que levantar pesas no me gustaría, era cabezón como cualquier niño, pero mi padre lo fue más. Al final me dije: Está bien, lo voy a probar. Dejé el fútbol, donde no había hecho nada, y enseguida vi que la halterofilia enganchaba desde el primer minuto”.

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«Mi entrenadora vio pronto que valía»

Se matriculó en el Centro Deportivo Municipal San Pablo, donde todavía se entrena y para el que sólo tiene palabras de agradecimiento. Tenía 13 años cuando su entrenadora actual, Rosario Muñoz Villalón, descubrió que el chaval tenía aptitudes para esta práctica. “Empecé como todos, con un palo de escoba. Aprendiendo técnicas, haciendo arrancadas, jugando, corriendo… dinámicas para que los niños se divirtieran y aprendiesen a la vez. Rosario fue incrementando los entrenamientos, dándome conocimientos más específicos. Aún así, en mi primer campeonato de Andalucía quedé el último”, cuenta riéndose a carcajadas. Pero aquel fracaso le sirvió para aplicarse. Entrenó como nunca durante un curso entero, le cambió el metabolismo y empezó a apreciar cambios en su cuerpo. Cada vez levantaba más kilos y, al año siguiente, en el mismo torneo, quedó el primero. “Ha sido ir poco a poco hasta donde estoy hoy”.

Nunca pensó que se dedicaría a la halterofilia ni que participaría en unos Juegos Olímpicos. De niño se imaginaba vestido de general del Ejército de Tierra o de Policía, pero pronto él mismo empezó a percatarse de que tenía madera para el deporte. “Vas aumentando los entrenamientos y un día te das cuenta de que tu vida es esto. Mi padre, lo típico, no hace sino decirme: ¿Lo ves? Te lo dije. Él se emociona más que yo cuando me ve ganar”. Fue así la primera vez que se subió a un podio internacional, como subcampeón del mundo júnior, quizás el título que recuerda con más cariño.

Desde entonces, fue sumando título tras título pero el éxito nunca le ha nublado la razón a la hora de saber quién es y de dónde viene. “Sigo en el mismo gimnasio de toda la vida y allí siempre me han tratado igual, desde que era un niño. Como me recuerda mi entrenadora, antes de deportistas somos personas. Pero, en fin, he pasado de ser el niño loco a convertirme en un hombre de provecho como quien dice. Las prioridades que me ha ido poniendo por delante el deporte me han ayudado a ser persona, a calmarme, a ver la vida con otra perspectiva, a tener una mentalidad de esfuerzo y superación, a no rendirme nunca, a competir conmigo mismo para ser el primero. Son valores que no tiene mucha gente hoy en día. Haga lo que haga, siempre quiero hacerlo lo mejor posible, ya sea estudiando, en los campeonatos… Y lo hago con alegría, eso es lo que saca lo mejor de mí cuando estoy compitiendo. Además, la halterofilia me ha ayudado a relajarme y a seguir por un camino recto sin desviarme”.

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Constancia, afán de superación y buen humor

En su opinión, la clave para estar en la élite, más que la valía de cada uno, es ser constante, estar siempre al pie del cañón. “Hay competiciones que te salen mal y para las que necesitas estar preparado. Soy consciente de que es más importante aprender de los errores que ganar. Saber en qué has fallado y rectificar para la próxima. Además, es fundamental que te encante lo que haces porque si no sucede así, aquí y en cualquier otra faceta de la vida, te vas a sentir realizado”.

No le pesa el sacrificio. Se levanta a las 7 de lunes a sábado y lo hace “feliz”, gracias a esa motivación que le ayuda a superar los malos momentos. Cuando compite, garantiza, también va a divertirse. Cada vez quiere más kilos pero sin dejar de pasarlo bien. “Una vez que doy el peso, hago mi competición lo mejor posible. La gente dice que cuando me ve se nota que estoy contento”. De su deporte, lo que más le entusiasma es que siempre pone al atleta al límite de su esfuerzo. En palabras suyas, “tienes que estar en el punto para competir al 120 por ciento”. La ventaja entre unos y otros competidores es mínima, algo que convierte la halterofilia en una disciplina apasionante. “Es pura tensión y me encanta. Competir a este nivel es como estar en la final de los 100 metros lisos en los 10 últimos metros”.

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No obstante, Brachi es consciente de que el suyo no es el deporte más popular. “Para que la gente lo practique sólo hace falta probarlo, pues engancha por esa necesidad de superación diaria”, abunda. Además, a diferencia, por ejemplo, del maratón, donde los deportistas tienen que esperar mucho para saber si han mejorado, aquí la conciencia de mejora se aprecia cada día. “Sueltas muchísima adrenalina porque es un deporte muy explosivo, la testosterona se sube mucho y gastas mucha energía. Le va muy bien a las personas que necesitan ese plus de actividad para llegar bien a la noche y dormir a gusto. Terminas cansado pero muy satisfecho. El entrenamiento, además, es divertido, esto a pesar de que sólo existen dos movimientos olímpicos (arrancada y levantamiento en dos tiempos), pero cualquiera que lo pruebe disfrutará con las muchas variantes que existen a la hora de prepararse”.

También lo recomienda para mujeres: “Para ellas es más sencillo porque suelen tener mucha más flexibilidad, fundamental en halterofilia. Además, por lo general son mucho más competitivas que los hombres y eso les ayuda a ser mejores. En mi gimnasio hay muchas chicas que van a muerte, les da igual todo. Y enseguida adquieren un físico increíble, de definición. En un mes se notan a gusto con su cuerpo”. Preguntado, precisamente, por los cambios físicos de la halterofilia, admite Brachi que se nota muy satisfecho con su complexión actual. “A mí novia desde luego le encanta”, bromea.

«Me pierdo muchas cosas pero no me pesa»

Entre los recuerdos de su corto pero meritorio recorrido en la alta competición destaca su primer Campeonato de Europa Júnior, celebrado en Israel. “Todo salió como esperábamos, obtuvimos la marca que queríamos. Me pareció fácil, movía kilos con alegría. Cuando por fin me vi por primera vez en lo alto, escuché el himno y vi que todos esos años habían dado resultado, me emocioné”. Realizó un mejor intento en arrancada con 113 kilos, que le valió la medalla de oro en esta modalidad. En dos tiempos hizo 136 kilos, nueva medalla de oro y que suponía batir el récord de España Absoluto de Dos Tiempos y de total olímpico con 249 kilos, modalidad en la que nuevamente, fue medalla de oro.

P.– Te compensó el esfuerzo.
R.- Sí, en este deporte, como en cualquiera de alto rendimiento, hay mucho sacrificio, pero no cambiaría nada. Sé que me pierdo cosas pero prefiero hacer lo que hago, no me pesa renunciar. Soy consciente de que hace seis años que no piso la Feria de Abril ni la Semana Santa. En Navidad sólo existen para mí los días 31 y 1 porque el resto me los paso entrenando mañana y tarde. En mi vida he tenido vacaciones, salvo una vez en 2012 que me di una semana. Descanso durante unos días tras los Juegos Olímpicos. Tampoco sé lo que es irme a la playa o una barbacoa con los amigos, no monto en moto ni bici y no puedo andar mucho porque me canso. Esta es más o menos una vida de monje. Mi novia lo lleva peor que yo, pero me conoció así y sabe que es lo que quiero. Es una persona centrada y que me apoya. He tenido mucha suerte, ella comparte este sueño conmigo. Y eso que sólo nos podemos ver los domingos, ese día también madrugo para estar con ella.

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Brachi quiso encarar la cita de Brasil como un campeonato más, normalizarlo lo máximo posible. “La halterofilia requiere de mucha psicología. Tengo un terapeuta que me ayuda en todas las competiciones pero, sobre todo, hemos trabajado mucho para los Juegos». Así se observaba antes de competir en Río: «Alegre como siempre, con ganas de hacer mi mejor campeonato hasta la fecha. Estoy física y psicológicamente bien preparado y creo que entre los cinco o seis primeros me puedo meter. La primera vez en la historia que un español lo lograría. Tengo mucha competencia con los chinos, que actualmente son los más potentes en todas las categorías. En la mía también destacan Corea del Norte, Taipei… son bajitos, como yo, que mido 1,57. Eso es vital aquí”.

A su pesar, a Brasil viajó solo. Su familia no pudo acompañarle por el precio excesivo de los billetes, pues el Comité Olímpico Español (COE) no paga vuelos a acompañantes. Tan concentrado estaba en competir lo mejor posible que decidió no acudir a la ceremonia inaugural. “Dos días después me toca competir. Son muchas horas de pie andando y el cansancio no me lo puedo permitir. He sido yo el que ha decidido no asistir porque lo importante es competir e intentar ganar. Llevo un mes preparándome en Madrid y ahora estamos tres semanas en Barcelona, porque el clima es más húmedo aquí. El 7 de agosto es mi gran día”, pronunciaba con ilusión de vísperas.

“¿Patrocinadores? No, no tengo. ¡Apúntalo! ¡Di que los busco!”, pide. Por desgracia, su deporte no goza de la popularidad de otros. Pero, protesta, incluso algunas disciplinas más minoritarias se mueven mejor en estos terrenos.

“Quiero pensar que esto irá cambiando poco a poco. Para ello lo principal es tener buenos deportistas y ahora mismo la halterofilia española cuenta con atletas como Lidia Valentín, David Sánchez, Andrés Mata y yo mismo, que ahora soy Subcampeón de Europa Absoluto. Nada más hay que ver lo que pasó con el tenis; en cuanto salió Nadal, todo el mundo se aficionó a este deporte. Igual que ha sucedido con Carolina Marín en bádminton o con Alonso con los coches. Se requieren buenos competidores para que la gente vea un deporte. En halterofilia de momento seguimos viviendo de lado. Yo subsisto con la beca que te da el COE, pero los que hacemos esto llegamos hasta aquí porque nos encanta, no para hacernos ricos. A cambio, tengo otras cosas: mi gimnasio que siempre me ha abierto las puertas para entrenarme a cualquier hora, incluso cuando no era nadie, fuera verano o Navidad; mis entrenadores, mis psicólogos, fisioterapeutas, médicos… toda la gente que está detrás y que se preocupa por mí. También noto el apoyo de mi ciudad, lo he notado siempre, y es muy bonito”.

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