Bomberos para la vida y la ética Los voluntarios de la ONG Proem-Aid narran su odisea solidaria y la detención de tres de sus miembros en la isla de Lesbos, donde durante ocho meses han evitado que miles de refugiados murieran por naufragio
Marta Caballero

Llegaban cada muy poco tiempo. En barcas fabricadas con lonas como de caseta de feria que aún olían a pegamento, remendadas rápidamente en la otra costa, con motores de imitación comprados en La India o en China. 30 caballos a lo sumo. La capacidad de los botes era de 15 personas pero se acercaban a la orilla, apiladas, entre 50 y 60. Ancianos, niños, bebés… Los adultos portaban mochilas con lo justo: ropa, algo de comida, dinero y un mínimo de biografía. Nada más. La mayoría nunca había visto el mar ni sabía nadar.

La noche anterior, en cambio, la habían pasado rezando para que las olas estuvieran bravas y las mafias les cobrasen menos por su travesía a Europa.

Mojados, ateridos, a una temperatura de 6 grados bajo cero, asustados. Así amainaban en caso de culminar un trayecto que podía durar entre cuatro y ocho horas, dependiendo del motor y esto en caso de que no se les averiase. “Morir de frío, literalmente”. Habla Enrique González, uno de los tres bomberos detenidos en Lesbos en la madrugada del pasado 16 de enero, tras haber salido al mar para socorrer varias embarcaciones de migrantes.

Levantarse del sofá

Unas semanas antes, Onio Reina, bombero en la Mancomunidad del Aljarafe y fundador de Proem-Aid junto a José Pastor y Manuel Blanco, puso las noticias, las mismas que vimos todos. En el plano aparecían todas aquellas personas en la orilla mientras el presentador arrojaba datos de ahogados. No olvidó que dentro de cada cifra, en cada pasajero, se escondía una historia humana. Tuvo un impulso, agarró el teléfono y llamó a algunos de sus compañeros.

“Tenemos que ir -dijo-. Se está ahogando la gente, están durmiendo en la calle”.

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José Amor y Enrique González, dos de los bomberos de la ONG Proem-Aid. Foto: Andrea Benítez

Lo recuerda, a orillas del Guadalquivir, junto al pabellón de la Navegación, la persona que recibió la llamada, José Amor. Aceptó sin pensarlo. Juntó sus días de vacaciones, de asuntos propios… y, tras reunir el material necesario, se subió al coche junto a Reina y otros dos compañeros rumbo a Grecia, en que sería el primer contingente en Lesbos de la ONG Proem-Aid. Faustino, el coordinador de Protección Civil de Santiponce, les prestó un pequeño barco.

Era el 2 de diciembre. Condujeron 4.000 kilómetros casi sin dormir. 58 horas después, estaban en el tedioso ferry que les dejaría en la isla. Otras 10 horas de viaje. “Unos compañeros catalanes que estaban ya allí nos habían hablado de que lo que hacía falta era ayuda en el agua, sobre todo en la zona sur, pues en el norte ya había muchas organizaciones. Nos contaron que desde el día anterior estaban empezando a llegar por el sur muchas embarcaciones”. En aquellos días, Europa acababa de firmar el pacto para que Turquía blindara la frontera. Unas horas después, estaban sacando gente del agua, rememora Amor.

P.- ¿Qué recuerdas de la primera embarcación que socorristeis?
J.A.- Venían unas 50 personas. La primera impresión fue muy fuerte. Me acuerdo de una chica de unos 20 años. De su cara de pánico después de haber cruzado el Egeo con un bebé de dos semanas en brazos. Me lo dio enseguida y les llevé a la costa. Aquella fue la primera imagen. También me acuerdo de un sirio que vivía en Alemania y que había cruzado para regresar con su madre. Tras lograrlo, se abrazaron mucho tiempo. Nos imaginé a mi madre y a mí en una situación así. Siria era un país como puede ser el nuestro…

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Foto: A.B.

“Estar allí es ver la desesperación de la gente”

El impacto fue mayúsculo, se apena. Los cuatro estaban acostumbrados a ver de todo. Casos trágicos, escabrosos. Accidentes, suicidios… incendios, por supuesto. Pero aquello, reconoce sin pestañear Enrique González, que partió en el siguiente viaje, superaba cualquier idea preconcebida. “Era la desesperación de la gente. Onio me lo advirtió antes de que saliéramos, me dijo que me lo podía contar pero que no lo iba a comprender hasta que estuviera allí. Y tenía razón. Tardé 10 minutos en entender su frase”.

Aquella primera noche, Amor y los otros bomberos salieron del agua pero no pudieron ni comer ni dormir. Menos de una hora después, vieron acercarse otra balsa. “Los primeros días fueron muy duros, no paramos. Dormíamos a ratos en el coche y hasta que no llegaron otros tres compañeros en avión, no encontramos descanso. Era imposible imaginar lo terrible que era aquello, el flujo constante de llegadas. Llevo 16 años trabajando como bombero en Utrera y nunca había sentido esta impotencia. Se lanzan al mar sin pensarlo en unas condiciones en las que incluso a nosotros, que teníamos un barco con un motor más potente, nos daba miedo navegar. Si el motor se les estropeaba, se perdían mar adentro a no ser que llegáramos a tiempo para remolcarles o reparárselo”, se indigna el bombero.

En la costa aguardaban médicos, cooperantes de ONGs y también voluntarios independientes, gente de muchos países que tuvo el mismo chispazo que Onio Reina y que se plantó allí para arremangarse con lo que hiciera falta. “Su labor fue crucial, les llevaban ropa y mantas para que no murieran de hipotermia severa, les daban de comer”, asienten Amor y González. Pero en aquella zona, dentro del mar, apenas estaban ellos y los guardacostas de la isla.

No llegaron a ver un naufragio, siempre lograron aparecer a tiempo en el lugar de peligro, pero a través de los grupos de Whatsapp iban llegando mensajes enviados desde otros puntos de la isla. Textos terribles que narraban las muertes en directo. Hubo, en todo momento, contacto y colaboración entre las más de 90 organizaciones desplazadas a la costa de Lesbos. El protocolo de playa que luego se aprobó por Naciones Unidas lo redactaron prácticamente ellos. Se organizaron en grupos de seis, tres en la embarcación y tres esperando en la costa.

Bomberos de Preem-Aid en Lesbos. Foto: Ignacio Gil

Bomberos de Proem-Aid en la costa sur de la isla de Lesbos. Foto: Ignacio Gil

“Igual que si los sevillanos tuviéramos que huir por el Estrecho”

“Hemos visto llegar gente enferma de cáncer, en silla de ruedas… tan parecidos a nosotros que uno tiene la sensación de que podría suceder aquí. Como si de pronto ocurriera algo en España y nos viésemos obligados a coger cuatro cosas y cruzar el Estrecho”, cuenta Enrique González, Quique, que desde niño manifestó su deseo de ser bombero. Hoy, además, estudia Psicología. Onio habló con él antes de Navidad. El día 25, como regalo de Papá Noel, anunció a su familia que se iba.

P.- ¿Qué te decía tu madre?
E.G.- Que le parecía muy bien pero que si no podía ir otro, que por qué siempre estaba yo metido en todo. Yo le había dicho a Onio que me iría en cuanto él me lo dijera, que me daban igual la fecha, los exámenes de la carrera…”.

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El bombero Enrique González, uno de los detenidos en Lesbos mientras auxiliaba a los migrantes. Foto: A.B.

P.- Te pregunto lo mismo que a José. ¿Qué es lo primero que recuerdas?
E.G.- A un hombre que se tiró al mar antes de llegar a la costa. Julio Latorre [otro de los bomberos detenidos] y yo fuimos a por él. El agua estaba congelada, tenía síntomas de hipotermia, pero sólo me decía: “¡Doctor, doctor!”. Supusimos que necesitaba atención sanitaria. Pero no, era un médico. Aún no había llegado a tierra y estaba ofreciéndose para ayudar. Cada día ves mil historias. Como les pasó a José y los demás, fue llegar y ponernos a trabajar, sin tiempo de mentalizarnos. Una mujer me dio a su bebé de un mes. ¡Yo no me atrevo a coger a un niño tan pequeño en Sevilla! Pero no te queda otra. Con ellos también venía su abuela. Cuando la miré, con la piel tan blanquita, las gafas… venía agotada, muerta de frío. Y vi a mi madre. Ya en la playa, me quedé paralizado con esta familia. Luego observé a mi alrededor y allí estaban todos los demás, cientos de personas cada una con su drama. Te dan besos, te abrazan, están muy agradecidos.

“Es muy difícil desconectar tras ver aquello”

Los dos bomberos detallan a Sevilla World el júbilo de los que llegaban, personas que se habían arriesgado porque, les contaban, preferían correr el riesgo de ahogarse que volver. Ahí es cuando de verdad sentían la pena, porque sabían que aunque ya estaban fuera del peligro de las olas, lo que les quedaba por delante podía ser peor.

Se les amontonan las imágenes. Amor piensa en una madre que llegó con dos niños discapacitados de unos 11 años y que no podían caminar. Él los sacó de la barca y luego los cogió en brazos para dejarlos en un autobús. “Ahora vas a tener que cargar sola con ellos. ¿Cómo vas a hacerlo?”, se preguntaba imaginándolos en el campamento al que se dirigían, que aquellos días estaba desbordado, con los refugiados durmiendo en el fango.

En una niña de dos años que tenía las manos en carne viva, pues se había quemado con el motor: “Sabemos de primeros auxilios pero en la orilla no podíamos ayudar en casos más extremos”. También piensa en un anciano que le abrazó con la fuerza de un veinteañero. Ambos coinciden en que se ha hablado mucho de los niños pero no de la dureza que un trance así supone para las personas mayores. Gente que ya no va a volver a su tierra, que no tiene la capacidad de adaptarse de los jóvenes. “Los niños, al día siguiente, están jugando en los campamentos. Los mayores sufren por ellos pero sobre todo por sus hijos y sus nietos”, argumenta González.

“Según el día que te coja estás más fuerte. Otros, te vienes abajo. Un bombero está acostumbrado a desconectar de lo que ve. Allí es imposible, hoy me acuerdo mucho de muchas personas”, insiste Amor. González le interrumpe: “Te cambia la perspectiva. Sabes que, aunque estés exhausto, ellos tienen un problema; tú, no. Así que aguantas, es lo que llamamos el efecto Lesbos. Puedes pasarte días empapado a temperaturas bajo cero y resistes. No fue hasta que llegué a Sevilla cuando mi cuerpo explotó. Estuve dos días agotado, malísimo. Hay compañeros a los que les ha dejado tocados la experiencia. No es mi caso pero es cierto que ya no llegas a desconectar de todo aquello, estás siempre pendiente de lo que pasa. La pena es que cuando se pasa el furor informativo, la sociedad deja de pensar en ellos”.

68 horas detenidos

La madrugada de la detención, Enrique González, Julio Latorre y Manuel Blanco habían acudido a un rescate junto a dos compañeros daneses. Fue entonces cuando les apresaron los guardacostas acusándoles de tráfico ilegal de personas y posesión de armas. Les dijeron que su nave no cumplía con los requisitos. Sin embargo, dos días antes, desbordados, les habían pedido ayuda para auxiliar a los ocupantes de una embarcación que se hundía. En la mañana del día de autos, habían rescatado otra más. Un médico les comunicó que, de haber tardado 15 minutos más, un bebé habría muerto de hipotermia. “Estábamos haciendo bien nuestro trabajo”, sostienen.

Los bomberos a su llegada a Sevilla. Foto: Proem-Aid

Los bomberos a su llegada a Sevilla. Foto: Proem-Aid

Lo que vino después fue un encierro de 68 horas. Parte de ellas en una celda en la que para que unos pudieran tumbarse, otros tenían que permanecer de pie. Mientras, sus compañeros de Sevilla, en cuanto supieron de lo sucedido, empezaron a movilizarse y la noticia dio la vuelta al mundo. Su detención se convirtió en un símbolo de una Europa que hacía aguas en este episodio lamentable, permitiendo que murieran personas y personas. La solidaridad internacional (cooperantes, habitantes de la isla de distintas nacionalidades) logró reunir los 15.000 euros de depósito para poder regresar y los 3.600 para cubrir los gastos de un abogado.

Actualmente, a la espera de un tercer juicio y con los juzgados de Grecia en huelga, el asunto está paralizado. “Hay pocas posibilidades de que se suspenda aunque aún en proceso de investigación. La presión internacional no ha tenido la fuerza suficiente para librarnos”, explica González.

Desde Sevilla, el resto de compañeros de Proem-Aid se convirtieron en portavoces para las decenas de medios que querían saber qué había pasado. Hubo errores de información: se dijo en un momento dado que el Ayuntamiento de la ciudad pagaría su fianza pero luego aquello no fue viable. La asumió la solidaridad. Los mismos cooperantes de la isla iban dándoles dinero a los otros miembros de Proem-Aid que estaban allí. Fajos de 300, 500 euros. Sin embargo, este error informativo impidió que donaran más personas, pues pensaron que el problema estaba resuelto. También acudieron a verles unos diputados del Parlamento griego, a pedirles perdón en nombre de sus paisanos.

P.- ¿Eras consciente de que todo el mundo estaba pendiente de vosotros?
E.G.- No, para nada. José, Onio, Álvaro… me decían que no lo iba a creer cuando saliera. A mí me tocó la parte buena, casi fue un descanso, el sitio era terrible pero estábamos tan agotados… mis compañeros en Sevilla, en cambio, pasaron esos días desbordados contando lo que había pasado. Yo sólo pensaba: “¿Pero qué hago aquí? ¡Si yo no he hecho nada!”. Es cierto que los guardacostas nos habían dado algún toque para que no entrásemos en su trabajo pero lo cierto es que nos necesitaban, no podían hacer frente ellos solos a la cantidad de pateras que llegaban. Nuestra hipótesis es que iban a por los daneses, pero no sé. En cualquier caso, ¿Qué se supone que teníamos que hacer? ¿Dejarles morir? Yo volvería a tirarme al mar sin duda. Hemos salvado a mucha gente… y tenemos confianza de que vaya bien. No hicimos nada bajo cuerda, íbamos con nuestro casco y con luz, se nos veía a la legua.

Colaborar

Proem-Aid funciona hoy como una ONG perfectamente estructurada, con más de 50 bomberos de toda España y colaboradores de otras profesiones. Todos han pasado por Lesbos, turnándose en viajes de 15 días. Su idea es estar donde haga falta, ya sea Grecia (“alguien tiene que estar allí cuando vuelvan a venir y ayudar a los que llegaron”) y en otro lugar donde se necesiten sus manos. Libia, Lampedusa… Además, están recaudando fondos para un barco que se está construyendo en Portugal cuyo precio ronda los 90.000 euros.

Esta organización cívica sigue solicitando  tanto voluntarios profesionales del rescate y sanitarios, como ciudadanos para ayuda humanitaria  así como  donaciones económicas  para auxiliar a los refugiados a través de la cuenta de Triodos Bank a nombre de Asociación Proem-Aid: ES49 1491 0001 2021 7549 1022.

A mediados de agosto de 2016, tras ocho meses y catorce viajes para relevarse, los bomberos sevillanos de Proem-Aid decidieron dejar de tener presencia continua en Lesbos. Han estirado hasta el límite la conciliación de esta labor con sus obligaciones familiares, y se han reducido notablemente las donaciones. Mientras tanto, en Sevilla van a continuar explicando su labor en centros educativos. Y en Sevilla, con motivo del Día Mundial del Refugiado, que es el 20 de junio, se estrenó el documental Contramarea, de Carlos Escaño, María Iglesias y Jaime Rodríguez, en torno al drama de la frontera europea del Mar Egeo, e inspirado en la labor de Proem-Aid.

La sociedad civil les está reconociendo su labor y les está premiado con galardones para exaltar su ejemplo. La Asociación Iniciativa Sevilla Abierta les concedió el Premio a la Proyección Internacional de Sevilla. La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía les otorgó el Premio Derechos Humanos 2016.

Campaña en favor de su inocencia

Por otro lado, la plataforma WeMoveEu, junto con Social Platform y Proem-Aid, han lanzado una campaña internacional para recabar firmas con el fin de influir en la Comisión Europea sobre la inmoralidad que supone ver cómo un país europeo (Grecia, en este caso) se plantea sentar en el banquillo a tres profesionales del rescate que, de modo altruista, se han dedicado a evitar la pérdida de vidas. Bajo el lema ‘Criminalizados por salvar vidas’, esta es su petición: “No dejes que castiguen a los que defienden la dignidad y derechos de las personas más vulnerables. Que no se pueda sancionar penalmente a las personas que facilitan la entrada o tránsito no autorizado de refugiados e inmigrantes por razones humanitarias”.