José Colón, la ética detrás de una cámara Era peluquero en Sevilla y hoy forma parte de una de las generaciones más brillantes del fotoperiodismo español. Sus imágenes sobre migraciones se publican en medios como 'The New York Times'
MARTA CABALLERO

Antes de dedicarse a la fotografía, mucho antes de haber recorrido medio mundo y de publicar las miserias de nuestro tiempo en medios como The New York Times y AFPJosé Colón (Sevilla, 1975) era peluquero. O, más bien, se ganaba el pan cortando el pelo junto a la Plaza de la Gavidia, en un negocio que regentaba su tío. Había crecido en Albaida del Aljarafe, localidad situada a 20 kilómetros de la capital. De casas blancas y rodeada de olivares, es de las más pequeñas de la comarca sevillana (apenas 3.000 habitantes).

La vida, recuerda en el claustro del Espacio Santa Clara, donde le hemos citado para la entrevista, transcurría sin grandes ambiciones, hasta que un día se instalaron en el pueblo un publicista uruguayo y su hijo, Paolo, con el que enseguida entabló amistad. Hember, el padre, también se dedicaba al mundo del cine y le regaló una cámara Zenit. “Era muy dura… durísima. No la conservo, debió desaparecer en alguna mudanza. De todas formas, carezco de apego o de romanticismo hacia el material fotográfico. Uso mis cámaras hasta que las destrozo y luego me compro otras”.

Colón habla calmo y se le trasluce un carácter ligado a la bonhomía. Es, además, un hombre optimista y afable. Le gustó el mundo de la imagen desde el primer carrete, que gastó tirando fotos a su familia y amigos. Pasó el tiempo y junto con Paolo y otro amigo, Edu, decidió marcharse a vivir a Barcelona. Tenían 22 años. Uno estudiaría cine, el otro teatro y él fotografía.

Tarifa, Cadiz, Spain, 13, May, 2015. One patient of Dr. Rettig at the time of trance during healing on the beach Punta Paloma, Tarifa. Jose Colon / Interviu M.D Octavio Rettig is a medical surgeon graduated from the University of Guadalajara specialized in treating addictions. He has been working for over 15 years with traditional medicinal plants recognized as sacred plants or power plants within mesoamerican cultures. Dr. Rettig has worked with the Bufo Alvarius medicine for over 7 years, during which he has given over 3,500 sessions. During the last 2 years more than 700 testimonies have been signed from people to whom this experience has helped improve their quality of life in many, and sometimes, unsuspected ways. The molecule of the Bufo Alvarius medicine, 5-MeO-DMT, exists in the brains of all mammals and in a great variety of plants.

Tarifa, Cádiz. 13 de mayo de 2015. El doctor Rettig atiende a un paciente en shock tras su llegada a la playa de Punta Paloma. José Colón / MeMo.

Autodidacta

Era 1998 y se había matriculado con toda la ilusión del principiante en la Escuela Grisart, tras ahorrar dinero durante un año. Transcurridos seis meses, decidió abandonar las clases. “No me gustaba el sistema educativo. Además, hubo un punto de inflexión porque yo utilizaba Fuji y ellos Kodak. Me molestaba que por el acuerdo que tenían con su marca te obligaran a trabajar con ella”.

Por circunstancias de la vida, empezó a okupar y entró en contacto con diversos movimientos sociales, su verdadera formación fotoperiodística. Se reunía con otros compañeros del gremio y así fue como aprendió poco a poco técnicas de laboratorio, en espacios destinados a la fotografía de los que disponían algunas casas okupas, donde crearon varios colectivos.

Asistía a charlas, talleres, leía cualquier libro de fotografía que cayera en sus manos y se presentaba en cada exposición que se celebrase en la ciudad. Se empapó de los grandes. De Robert Capa, de Nan Goldin, de William Eugene Smith, de Sebastião Salgado… también de españoles como Pep Bonet, hoy un gran amigo suyo. Llegó un momento, sin embargo, en el que dejó de ver fotos, se cansó de interpretar el mundo sólo a través de imágenes y comenzó a beber de otras fuentes como el cine (“De Antonioni a Spielberg pasando por Bresson”) y la literatura.

“Vi que tenía que crear mi propia línea, sacar mi propia historia y contarla con mi estilo y mi lenguaje, siempre desde un enfoque autodidacta y de supervivencia, porque mi generación ha crecido en una crisis que no empieza en 2007, pues la fotografía venía padeciéndola desde los 90, con el cambio a lo digital, y luego con los problemas internos de los propios medios de comunicación, que no han sabido adaptarse a las transformaciones y han derrochado sobremanera”.

Además, Colón trataba de entablar relación con profesores y profesionales. Con sacrificio y constancia logró hacerse un hueco en la información diaria. “Nunca he dejado de hacer fotos, siempre ha sido mi prioridad. Conocí a Guillem Valle y de manifestación en manifestación fui aprendiendo cómo se funciona en la calle, conociendo a otros fotógrafos. Así empecé a colaborar en la prensa en Barcelona, con El País, La Vanguardia y El Periódico de Cataluña“.

“No cobra lo mismo un sevillano que un americano”

Su primer reportaje internacional lo firmó en 2003 en Marruecos y ya nunca dejó ese país. Antes ya había trabajado en temas de inmigración en España, en la zona de Tarifa, en el año 2000, cuando empezó el tremendo flujo de pateras que duró hasta 2002. También estuvo en Fuerteventura en 2004. En Tánger tomó contacto con las migraciones infantiles, diana fundamental de su objetivo junto con las religiones, algo en lo que entró en contacto a través de la propia idiosincracia sevillana, tomando fotos en Sevilla y en el Aljarafe.

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José Colón / MeMo.

Entre viaje y viaje, regresaba a Barcelona para seguir trabajando como freelance, hasta que en 2007 el Diario Público ofreció a un grupo de fotógrafos lo más similar a un trabajo normal que habían conocido nunca. Hasta 2011 gozó de una estabilidad económica en esta publicación pero siguió viajando. Entre tanto, su obra fue adoptando una línea no tan ligada al puro retrato documental sino deudora del arte, con una clara determinación estética y formal, en la línea del realismo mágico de Graciela Iturbide o de la introspección que desde el primer momento le había fascinado de Goldin.

P.- A pesar de la crisis, el fotoperiodismo vive un gran momento en España.
R.- Sí, hoy por suerte nos conocen, no sólo a los fotoperiodistas españoles sino a los mediterráneos, latinoamericanos… Y no sólo a los de mi generación, sino a los de la siguiente, donde hay gente muy buena que ha crecido familiarizada con la imagen. Aún así, seguimos sin estar reconocidos al cien por cien como lo están los anglosajones, porque en el mercado internacional los latinos todavía ganamos menos. No cobra lo mismo un sevillano que un americano, un peruano que un inglés, esto a pesar de que en las zonas de conflicto los latinos somos los mejores. Pero el mercado se aferra a los tópicos. Y así será hasta que esta generación pase a dirigir los periódicos, si es que esto sucede”.

P.- Ha fundado ME-MO (Memory in Motion) junto a varios colegas del gremio. ¿Entre sus fines también figura paliar este agravio?
R.- Sí. Es un poco eso de que la unión hace la fuerza. Empezamos a hablar del proyecto en 2011, cuando éramos unos mindundis, pues apenas nos conocían. Celebrábamos varias reuniones al año. En 2013, Manu Brabo, uno de los fundadores, recibe el Pulitzer. En 2011, Guillem Valle había ganado el World Press Photo. En 2012, a Fabio Bucciarelli le conceden la Medalla de Honor de Robert Capa y otros premios internacionales. Con estas credenciales fundamos ME-MO, una cooperativa que cuenta con una revista multimedia interactiva. Hemos publicado ya dos números y es autogestionada, funciona por micromecenazgo.

P.- ¿Qué tienen en común los miembros de ME-MO Magazine?
R.- Todos éramos amigos y desconocidos cuando empezamos a crearlo. Algunos han estudiado más, otros menos… pero todos conocemos lo que sucede en la calle y todos queríamos proponer soluciones. En el sector siempre hay queja pero no existían iniciativas que buscasen mejorar la situación. Por eso llamó mucho la atención a nivel internacional, y el conjunto ha logrado que la fama de unos retroalimentara la de otros menos conocidos. Yo siempre he trabajado en la frontera del Norte de Marruecos con Ceuta y Melilla, es un territorio menos transitado por los medios de comunicación y a raíz de esta fusión entre conocidos y desconocidos todos hemos alcanzado un reconocimiento internacional. Conozco compañeros que siguen igual que cuando empezamos, a mí el colectivo me ha hecho avanzar.

Un joven que grita a la espera de cruzar el paso fronterizo Barrio Chino entre Melilla y Marruecos. Melilla, 29 de julio de 2015. José Colón.

Un joven que grita a la espera de cruzar el paso fronterizo Barrio Chino entre Melilla y Marruecos. Melilla, 29 de julio de 2015. José Colón / MeMo

Adultos de 11 años

Los viajes de Colón le han llevado a tomar fotografías en Líbano, Siria, Irán, Turquía… pero fue aquella experiencia primera en Tánger la que le marcó para siempre. Iba con una amiga, se acercó al puerto, donde estaban los menores esperando a poder entrar como polizones en camiones y contenedores que les llevasen a Europa, y se quedó impresionado ante aquella ciudad de los niños. No entendía nada.

“Tenía 24 años y me sentí muy identificado como joven al ver las ilusiones que albergaban, lo que deseaban ser, lo que imaginaban de Europa. Me hablaban de la realidad de sus biografías, de sus familias desestructuradas, de su vida en la miseria… Adultos de 11 años. Ellos querían cambiar su camino como yo quise dejar de ser peluquero para dedicarme a la fotografía. Ya nunca he abandonado Marruecos, es una especie de amor y odio hacia una sociedad a la que quiero pero que es una ruina a nivel sociopolítico. A los periodistas no nos dejan trabajar”, protesta.

Se indigna cuando habla de la situación de los menores no acompañados en la región y esa rabia, sostiene, la canaliza denunciando a través de sus reportajes. “Aquellos niños habían entrado en un viaje y yo también. He seguido sus historias. El primero que fotografié fue el viaje de Osama Atigui, al que conocimos en la medina de la ciudad. Él fue quien nos introdujo en aquella sociedad infantil”, recuerda. Osama era el pequeño de una familia numerosa y humilde. Quería ser malabarista. Él y Mohamed Alaoui, otro niño de la frontera, que compartía nombre con el rey del país, fueron los dos “personajillos” que le enseñaron todo.

El primero de ellos tuvo suerte y a día de hoy está casado y tiene una carnicería en Cádiz. El segundo sigue en Marruecos, vive en una chabola y actualmente es su hijo el que quiere cruzar el Estrecho. “Me quedo viviendo con las historias. Siempre que viajo a un lugar estoy allí alrededor de un mes. Es importante no aterrizar como un paracaidista, disparar y marcharte. No, tienes que estar, más que como fotógrafo, como un amigo. Hablamos de niños maltratados por la vida y por las instituciones. Hay relatos que merecen tanto la pena…. Es de una dureza terrible, aquello fueron las Mil y una noches“.

“Del sufrimiento te empapas”

Confiesa el fotógrafo que es prácticamente imposible construirse una coraza contra lo que uno ve al otro lado del mar. “Las noches siguen siendo noches y las imágenes no se van de la cabeza. Además, el archivo es el peor recuerdo. La mente puede obviar algunas memorias pero el fotógrafo se acaba encontrando con sus reportajes. Y te conmueve, te exprime el corazón. Hay temporadas en las que no puedo entrar. Es algo que compartimos todos los que nos dedicamos a esto”.

P.- ¿Qué otros lugares le han marcado? ¿Dónde ha visto más flagrante la situación del ser humano?
R.- Todos te dejan una huella porque siempre son un desastre. Desde 2014, a causa de la guerra de Libia y Siria, no ha parado la inmigración infantil. Hace un mes he estado en Sicilia con la temática de migraciones y, la verdad… 12.000 niños no acompañados en lo que llevamos de año. Es una cifra que me conmociona. Niños con una educación básica, que se despiden de sus padres y pasan por una ruta que es lo más peligroso que un menor puede vivir. Hablo del desierto en Níger, hablo de llegar a Libia, donde son maltratados, quemados, violados. Trabajan como esclavos para ser metidos en una patera, con la gasolina justa para llegar a aguas internacionales. Y si no llega, ahí te quedaste. Quieras o no, en el África magrebí, aunque es duro, existe un apoyo. Pero allí sólo se tienen a ellos mismos, tu única ayuda es otro niño.

P.- Por no hablar de las cifras de muertos.
R.- La Unión Europea paga 78 euros al día por cada persona. Me pregunto dónde están, quién los recibe. Italia, Grecia, Turquía, España… ¿Qué hacen con esa cantidad? Me ha dejado muy tocado este viaje. A nivel personal siempre te encuentras con gente que ayuda pero ¿y las instituciones? Ellos sólo ven cifras, no personas y no les importa el número de muertes. Los que viven son mano de obra barata, los esclavos del siglo XXI. Estamos dejando que ocurra. Las ONG ayudan pero están condicionadas…

P.- Ante la parálisis institucional que plantea, ¿por dónde estima que debieran surgir soluciones?
R.- Se exige una respuesta de la sociedad civil, porque todos, de cualquier parte del mundo occidental, hemos sido emigrantes. Vivimos muy deshumanizados y una de las cuestiones que más me afecta es la capacidad que tenemos de meternos en la burbuja e ignorar lo que tenemos al lado. Además, no estamos exentos de que eso mismo nos ocurra. De hecho, sucederá, tal vez no a nosotros pero sí a nuestros hijos o nietos. No sé adónde pero vamos a tener que irnos. Y, de alguna manera, espero verlo para seguir documentándolo, por muy mal que esto suene, pero es mi manera de cambiar las cosas, ser consciente de que puede pasar. Es cierto que los fotoperiodistas ganamos dinero con la miseria ajena, pero ahí está cada uno con su dilema y con su forma de hacer las cosas. No es fácil lo que hacemos.

P.- En absoluto. ¿Cree que los fotoperiodistas que trabajan en zonas de conflicto comparten una suerte de sensibilidad o entrega común, quizás una piel curtida para asomarse a lo terrible?
R.- En 2007 estuve en el norte de Líbano, en una zona de guerra interna entre un grupo de Al Qaeda y el ejército libanés. Arruinaron todo un barrio palestino y fui consciente de que mi piel no está hecha para eso, aunque aún tengo la espinita de volver. Pero mis compañeros de ME-MO trabajan todos en territorio de conflicto; son otra raza. Algunos han ido dejándolo porque sus noches son demasiado duras y sus demonios demasiado grandes, pero otros continúan. El fotoperiodista de guerra es especial. En la guerra el círculo de conocidos es el de gente que va a dar la vida por ti aunque apenas te haya tratado. Se crea esa simbiosis que por lo general no falla.

P.- Usted también ha visto situaciones tremebundas aunque no hubiera armas de por medio.
R.- Sí, pero idolatro a mis compañeros, a los que son capaces de meterse en un fuego cruzado. Igual que me imagino que un fotógrafo de bodas podría idolatrarme a mí. Pero, bueno, sí, la sensibilidad la tenemos casi todos, y digo casi porque también en este gremio hay gente sin corazón. Son los menos, eso sí, lo bonito es que la mayoría somos una familia ahí fuera, nos conocemos a nivel mundial. Pero en la guerra, en fin, ahí es donde ves al ser humano en su esencia, ves que entre los dos bandos hay gente que se ayuda porque todo el mundo acaba cansado de la muerte. No todas las personas desarrollan esa capacidad de asistir al sufrimiento ajeno.

Esa foto de mi sobrina

Colón tiene que marcharse. Ha quedado con los compañeros de la productora sevillana La Maleta para asistir al estreno de Bolingo. El bosque del amor, un documental en torno a las mujeres subsaharianas que abandonan su hogar en busca del sueño europeo y que esperan en ese campamento junto a la frontera con Melilla. El fotógrafo colaboró en la película acompañando a sus creadores en esa zona al otro lado del Estrecho que conoce como el salón de su casa. Antes de finalizar la entrevista, le pedimos que diseccione una de sus fotografías, que elija una que hable bien de cuál es la historia que desde hace años trata de contar a través de la imagen. No lo duda:

“Una que le hice a mi sobrina Belén hace cuatro años. Muestra muy bien lo que soy. Mi familia es parte de mi trabajo, en el que siempre trato de buscar enlaces entre la fe cristiana y los motivos de crisis que se están viviendo hoy, así como las consecuencias de esta fe que, por el arraigo que tiene en nuestro mundo, limita el cambio social. En la imagen aparece ella muy niña, vestida de mantilla, con una pose orgullosa. Es una niña muy inteligente y cuando miro esa foto y contemplo a Belén en la actualidad, veo una evolución clara. Hoy es otra persona, está llena de potencial. Y me doy cuenta de que una imagen puede transformarse, igual que las personas, gracias a la educación. Quiero pensar que soy parte del cambio de mi sobrina, que lo que he visto y le he contado le ha servido para experimentarlo”.

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José Colón.

La historia de Said

Pero una historia que le ha marcado más que otras, la de Said, que rodó en 2014 en un documental. La película recorre la peripecia de un joven sordo que quería vivir en Europa y que todavía sigue intentándolo, mientras es explotado en Tánger por las multinacionales españolas. “Hasta la última semana no lo vimos. Sin tener ni idea de lengua de signos, nos entendimos con él. Hoy nos comunicamos por Facebook, con fotos y emoticonos, pero es una relación muy bonita. El vídeo es un reflejo de lo que somos Guillem Valle y yo, le pusimos mucho cariño. Me enorgullezco de haber visto a Said, de tener eso de escuchar a los demás, y mira que a él no se le podía escuchar. Era el más grande de todos los niños y también el más desvalido, pero se incorporaba a proteger a los demás hasta el punto de pegarle a un policía para defender a sus amigos”.